Como veíamos la vez pasada, el hacer nos permite otorgar un sentido al mundo y a nuestra particular manera de habitarlo. Aquí es donde el tejido es una metáfora de un orden del Universo en el que la trama de cada pieza se mantiene gracias al último punto (ese nudo al terminar, que evita que el tejido se desarme).

El final de una historia no es una caída en la nada (o el Caos), sino que le da un significado a todo el proceso. Y esto se aplica al tejido y a nuestras propias vidas. Si no piensen en que, así como un sweater no es sweater si le falta una manga, nadie puede ser, por ejémplo, Bióloga sin terminar toda su carrera y tener su título en la mano.

Al tejer aprendemos que cada paso es necesario y es el paso final el que le da sentido a toda esas etapas. No terminar una pieza es congelar ese proyecto.

Además, al ser productores, hacedores, nos reconocemos en nuestra propia singularidad. Somos las tejedoras que somos, no la del blog o el video. Somos quienes somos, y es desde ahí que habitamos el mundo. Esta percepción mejora nuestra autoestima y nos volvemos capaces de aceptar a los otros. Tan simple como esto: si reconocemos nuestros propios valores y capacidades también las podemos ver en quienes nos rodean. Y, reconociéndonos también en nuestras fragilidades, le abrimos la puerta a la necesidad ancestral de relacionarnos con otras personas.

Y si todo esto sucede en grupo ¡mucho mejor! Lo grupal nos da una contención especial en donde podemos desarrollar nuestras habilidades como tejedores y tejedoras, dejar volar nuestra creatividad, apoyarnos.

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Imagen: "Amsterdam orphans in the garden" de Max Liebermann (1885)

 

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