Para mí, hacer una muñeca de tela es imaginar, cortar, unir, coser, pegar, bordar, tejer, diseñar, encontrarle la vuelta a las dificultades que van surgiendo, dejar de lado la obra y retomarla, rellenar, agregar, zurcir...

También es conocerla, tocarla, apretarla, vestirla, mirarla, sentirla. Aceptar que no salió perfecta ni es igual a otras.

 

Considero que las muñecas hechas a mano son un juego, una relatoría personal y social, un encuentro sin palabras conmigo misma.

Es que al ponernos como constructor@s, creador@s de un objeto que ya tiene vida en nuestra imaginación, nos llenamos de emociones, nos hacemos protagonistas de ese momento. Crear nuestras muñecas tiene muchas ventajas: estimulamos la imaginación, desarrollamos un sentido estético, a veces aprendemos a coser y bordar, incentivamos la creatividad, mejoramos la motricidad fina, ejercitamos el cerebro, reciclamos telas, lanas, botones, etc. Y, fundamentalmente, tenemos una excelente excusa para dejar volar esa cuota de locura que nos hace geniales y reconocernos en esa muñeca.

El proceso de creación (de cualquier obra) es transformador de nuestra posición frente a un problema, dificultad, emoción, afecto, etc. Incluso tenemos la enorme oportunidad de recrear un momento de nuestras vidas y observarlo en la pieza terminada y en el proceso mismo de la confección de ese objeto. Muchas veces (como en todas las obras en las que no hay palabras) las muñecas muestran aspectos que a veces ignorábamos que estaban allí... y no me refiero sólo a cuestiones a mejorar sino también a potencialidades que hemos ocultado por alguna razón.

Todas las civilizaciones del mundo hacen muñecas, éstas fueron una manera de simbolizar la humanidad misma y su relación con el entorno. Probablemente muestran cómo esas cultura se veían -y se ven- a sí mismas. De hecho suelen replicarse las imágenes más significativas para esa cultura. Y las que tuvimos una Barbie (o similar) en nuestras manos sabemos bien de que se trata... y acá comparto con ustedes algo que poca gente sabe de mí, cuando yo era niña solía modificar a las Barbies, les cortaba el pelo, las teñía, les hacía ropa, en fin de a poco iban dejando de ser esa cosita escultural para ser alguna heroína más copada. Y mi madre, acompañando estas cosas, me regaló un libro con moldes e indicaciones para hacer muñecas... y, claro está, dejó de comprarme Barbies para reemplazarlas por sus sucedáneos más baratos.

A medida que iba creciendo, fui dejando de lado las muñecas (las compradas, las hechas a mano y las muñecas por hacer), simplemente me "adolescenté" y me dedicaba a encontrarme a mí misma mientras estudiaba, salía con amigos, tejía y pintaba. Y por esas cosas de la vida me he vuelto a cruzar con las muñecas de trapo y ¿saben qué? las retomé con el mismo espíritu lúdico de siempre.

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